martes, septiembre 29, 2009, rallada de belga_seg a las 9/29/2009 12:09:00 a. m.
editado: Siempre me ha llamado la atención al mirar las estadísticas del blog (tengo un contador chivato que lo único que no me dice es el nombre de quien entra...) que mucha gente haya llegado hasta aquí en los últimos tres años buscando en google párrafos enteros de este post: http://soliloquiosdeanavazquez.blogspot.com/2006/12/por-pedir-pido-te-pido.html ... Hace un año y medio, en vísperas de un examen de Historia, decidí convertir parte de él en canción. Como dicen que es de bien nacidos ser agradecidos, no he encontrado mejor manera que agradeceros vuestra presencia ahí, al otro lado de la pantalla, que dejando esto por aquí; el post más visitado del blog un día de barbacoa, guitarra, pintas impresentables (fue a principios de verano, no he conseguido subir un semitono en la piel...) e inmejorable compañía: http://www.youtube.com/watch?v=Mo4Mq6yASFM . Ya he perdido toda mi reputación... Ahora sí, Se fue.


Porque comprendió que, de alguna manera, había sido egoísta contigo compartiendo con todo el mundo lo que sentía por una sola persona. Porque ni siquiera ya conseguía hacer flotar a las letras de un abecedario que se le quedaba corto para expresar infinitos mares de sensaciones. Porque a veces en la vida hay que tomar decisiones así, de la noche a la mañana; no hay que olvidar que hay noches que se alargan tantos días como recuerdos quieran compartir la almohada. Porque sintió que el respeto que te guarda pesaba mucho más que la suma del amor que te tiene y del que te seguirá teniendo... y ya es pesar. Y a pesar de que un poco sí le dolió tomar la decisión de dejar de apoyarse en la negra pared que había llenado de graffitis en forma de pensamientos a lo largo de casi cuatro años, se fue.
Porque aunque nunca fue mujer de ciencias y números, y en contadas ocasiones entendió la estadística, si echaba cuentas, se daba cuenta de que tus historias, o sus historias sobre ti si así lo prefieres, superaban al resto por mayoría absoluta. Porque anheló, más por ti que por ella y ahora que está de moda, poder ser tránsfuga de tus encantos, y no quiso una nueva moción de censura de tus palabras, tus gestos, tus tonterías, tus sonrisas e incluso tus enfados por cuatro letras que aunque lo expresan todo, en realidad no son nada; sólo palabras. Quizás sentimientos traducidos en palabras, si es que eso puede ser así. Porque le importas, no más que nada, más que todo. Y decidió lo que tantas otras veces había decidido y nunca se había decidido a llevar a cabo; marcharse. Por eso se fue.
Se fue con una sonrisa en los labios y varias lágrimas en los ojos; todo cabe en una cara desde que existen los discos. Se fue con necesidad de relatar más, pero también con ganas y deseos de poder contar menos. Se fue sin dolor en las manos por todo lo que había tecleado, pero con un poco de escozor en el alma por no haber llegado a comprender, después de tanto y tanto escrito, por qué ninguna de esas personas que se habían aliviado al cruzarse con sus letras, eras tú.
Se fue intentando ser lo más sigilosa posible. Y se fue decidida, sabiendo que hay otros folios en blanco que pueden ser rellenados sin que tengan que ser expuestos a la humanidad y a la inhumanidad. Se fue sabiendo que quizás, este final le lleve al principio de lo que siempre ha querido escribir; se fue sabiendo que quizás, entonces, una vez escrito eso, te traslade otra vez al principio de lo que nunca has querido leer. Se fue concediéndote una tregua. Se fue dándote las gracias, se fue pidiéndote perdón.
Se fue... y hasta aquí puedo leer. Digo escribir.


Canción de la semana: Cada Vez (Ondina)
“Cada vez que yo me miro en tu cara sale todo lo que hay en mí de bueno; nadie nunca querrá a nadie como yo te quiero”.
 
lunes, septiembre 07, 2009, rallada de belga_seg a las 9/07/2009 01:13:00 a. m.

Creo que lo asumí el día que me di cuenta de que mi boca no buscaba labios desconocidos con sabor a humo mezclado con salsa o merengue. Lo supe desde el momento en que sentí que mi mirada estaba perfectamente dotada para evitar la del minotauro que en un laberinto de ojos es capaz de ir comiéndoselos a todos; uno por uno. Fui consciente de ello cuando rechacé autopistas de experiencias y carreteras secundarias para llegar hasta ellas... En el diccionario de vida que cada uno escribe con el paso de los años, en las páginas dedicadas al corazón y su funcionamiento, “amor” y “querer” solo iban a tener una acepción. Y, supongo, asumí que no iba a estar sujeta a interpretaciones.
Quererte, fueses quien fueses, me iba a doler como sólo duelen las piedras minúsculas que buscan un sitio en la planta del pie; esas que siempre se sienten, pero que nunca se llegan a ver. Quererte iba a ser tan fácil como complicado. El amor contigo iba a ser como aquel de la carta de Pablo a los corintios; sí, esa que decía “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso (...) Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Estuve segura el día que lo asumí. Hace tiempo que sé quién eres. Hoy lo estoy aún más.
El amor es tener la sensación de que podría pasarme así la vida entera; sufriendo a ratos largos, y a otros ratos volando por encima del nivel del mar de tantas y tantas parejas que se ahogan en la saliva de sus propios besos. Ahí fuera hay un tsunami de mentiras y tantísimos movimientos sísmicos sobre camas, provocados por el propio ser humano y no por la naturaleza, que lo que menos miedo me da es no estar contigo en estos momentos; sé, estoy convencida, de que no estoy sin ti. Tan convencida como lo estoy de que el amor no es sexo, y que éste es el placer más seguro, el premio más fácil de obtener en esta tómbola que dicen que es la vida. Y aunque muchos no lo crean, y me vean con el destino maltrecho y las líneas de la palma destrozadas, quemadas de aferrarse a un presunto clavo ardiendo, me considero una persona con suerte. De momento gafada, sí, pero con suerte; cuántos buscan con la mirada que les toque una canción, un momento de complicidad, una sonrisa parlante, un gesto chivato, una frase con sobrepeso en el significado, un código secreto, una arritmia después de un beso en la mejilla, de un abrazo... Sumo y sigo impacientemente paciente.


Canción del día: Noviembre (Ondina)
“Puedo prometer que los huecos blancos son para el ajedrez, y que la Torre Eiffel no fue más que la ilusión que quisimos tener, que tu forma de caminar solo fue una mala imitación (...) y quiero pensar que Noviembre nos hará regresar, que pondrá color en el blanco que nos separó”
 
jueves, septiembre 03, 2009, rallada de belga_seg a las 9/03/2009 12:32:00 a. m.
Es curioso; una nunca deja de irse y, sin embargo, se va. Y después de cuatro años de idas y venidas, y aún sabiendo que la marcha nunca llega a ser tan larga como las de la tele, esas en las que el atleta llega exhausto a la meta, con los ojos carentes de vista, la lengua peleada con el tacto, y los abdominales luchando por salir de su escondite y romper lo antes posible una cinta chivata, una se ve, mientras suena el “bip” que abre la puerta de salida, incapaz de frenar las lágrimas. Éstas, lejos de competir en una prueba de larga duración lo hacen retando al mismísimo Ussain Bolt. Aunque de momento siguen haciéndolo en vano; mi récord del mundo lo sigues teniendo tú, y han pasado ya tres años.
Me pregunto si alguna vez aprenderé a irme tanto como otros se han acostumbrado a que lo haga. Si dejaré de estar como ida. Me pregunto si algún día no dejará de extrañarme la falta de besos de despedida. Si en algún momento, recoger los papeles de la mesa y cuidar bien de que no me dejo nada, dejará de afectarme. Por no hablar de las bolas... las malditas bolas de papel. La cuestión siempre sigue siendo el porqué de irse mientras otros se pueden quedar. Me pregunto si alguna vez dejará de temblarme la voz al decir “adiós”, incluso “hasta luego”, en vez de “hasta mañana”.
El único consuelo que queda, mientras Los Secretos suenan de fondo en el coche a todo volumen y de manera no intencionada aunque se trate de un disco, es saber que, una vez más, me voy habiendo crecido. Y con cierto sentido, me da por pensar que quizás la próxima vez que tenga que irme, o a lo mejor dentro de un par de veces, haya crecido tanto que no quepa por la puerta; que no tenga que irme. Que no pueda irme.
De algo tiene que servir que el auricular del teléfono esté compuesto cada vez de menos plomo. De algo tiene que valer haber aprendido a ser capaz de aguantar hasta las siete de la tarde, sin gotas de sudor que delaten, sin saber muy bien cuál va a ser la noticia del día siguiente, y de mucho debería servir haber comprendido cómo se doman las salvajes informaciones de los caballitos ponis. Digo yo que para algo servirá haber aprendido lo que es la intuición y qué utilidad puede tener cuando nada parece cierto, y haber aprendido a tratar con tacto a los contactos...
“Nunca he sentido igual una derrota, que cuando ella me dijo ‘se acabó’”... Malditos avituallamientos...


Canción de la semana: “Sí, quiero” (Tontxu)
“A mí no me hace falta firmar tantos papeles para decirte que te quiero, me sobran las palabras, me quedo con los gestos que son mi santo sacramento”
 
lunes, agosto 03, 2009, rallada de belga_seg a las 8/03/2009 12:47:00 a. m.

Sin ti esto no va a ser lo mismo. Sin ti ya no es lo mismo. Sin ti me quedo dormida si suena el despertador. No hay ganas. No hay fuerzas. No tiene sentido desear llegar porque siempre hay algún sitio donde preferiría estar; donde estás tú.
No es que no me guste mi silla verde a una altura a la que le sobran centímetros, ni tampoco es que me moleste ese aire que condiciona intermitente mi estilo, haciendo que me tenga que poner una sudadera que no va a juego con mis sandalias. No es lo poco que me gusta patrocinar a quien le sobra el dinero, ni el hecho de saber que en las fotos al final salen más corbatas que raquetas; no, ni siquiera es eso. Ni mucho menos es que no esté a gusto; sabes que en los únicos sitios en los que siento que sobro es allí donde lo propio es llegar de o con etiqueta, y que adoro al gafotas que cada año por estas fechas se proclama campeón del festival del humor. Es simplemente que no estás... y que sin ti, me faltas tú. Tú y tu sonrisa; el alma aquí lo encuentra todo el mundo... la magia me parece que este año ni siquiera va a jugar al escondite.
Sin ti no hay miradas al reloj para cazar la hora justa en la que las voces infernales (sí, por mucho que den por hecho que son lo más cercano a lo divino) son sustituidas por la tuya, que vale, tampoco es celestial, pero es como mínimo celeste, como los cuerpos... y yo prefiero las estrellas al más allá. Por lo menos se pueden ver. Sabes que están ahí. Contigo pasa casi lo mismo; sé que deberías estar ahí... Cada vez me gusta menos el condicional.
Sin ti no hay nadie que se apropie de la electricidad de los Hermanos Sanz Álvarez, que como cada año ilumina al... perdona, ha sido un defecto profesional. Sin ti no hay nadie que se apropie de la electricidad para definir su estado de nervios... ni tampoco para iluminar mi cara con lo que algunos definen como mi sonrisa, y yo comienzo a llamar ‘defecto personal’ cada vez que te veo. Sin ti no sé quién entra ni quién sale. No sé si la puerta se abre o si se cierra. No espero a nadie. Sin ti la caseta no debería tener licencia para ser abierta; las casas en ruinas me dan miedo.
Definitivamente sin ti ya no es lo mismo. Sin ti da igual la hora de la comida porque sin ti no hay casualidades planeadas. Sin ti solo hay pasado y las moscas del restaurante ya no buscan tu boca para que las escupas; prefieren, como en la canción, restaurar la casa... Y que sea yo quien escupa palabras.


Disco de la semana: Dónde están los ladrones (Shakira)
Canción: “Moscas en la casa”
“Mis días sin ti son sólo un eco que siempre repite la misma canción; tan faltos de aire, tan llenos de nada, chatarra inservible, basura en el suelo... moscas en la casa”
 
viernes, julio 10, 2009, rallada de belga_seg a las 7/10/2009 01:37:00 a. m.

Ha pasado un año y sigue sin haber alguien que las haga como tú. Ni siquiera mamá. Te fuiste sin darle la receta y las patatas nunca llegan a estar en su punto. Como yo. Siempre estoy uno por debajo del resto de la gente; del resto de personas que tienen una abuela que les haga una tortilla de patata. Aunque no se parezca a la tuya. Aunque no sepa como la tuya. Aunque no huela como la tuya. No importa; ellos tienen y yo no. Y lo gracioso de todo esto es que en realidad la tortilla me da exactamente igual. Son las manos que pelaban y cortaban las patatas las que echo de menos.
Ahora el cajón de las patatas a menudo huele mal. Fatal. Se pudren en el olvido y cuando abro la puerta y de repente el olor se cuela hasta el alma, suspiro de alivio al darme cuenta de que el tuyo, aún con el paso del tiempo, perdura. Y aunque tú te enfadabas cada vez que te decía que tu ropa olía a ti, lo sigue haciendo. Sigue oliendo a ti. Sigue oliendo a ti la camisa negra y verde que te ponías, con el primer delantal que encontrabas en el armario, para cocinar esa tortilla de patatas que nunca nadie logrará repetir. Lo sé porque el otro día la vi en la silla de la ropa limpia. La cogí y la acerqué a la cara. No me preguntes por qué lo hice. Supongo que a veces necesito creer que nunca te fuiste. Que ha pasado un año y volverás ahora de Alicante, con ellos, del viaje que tenías pensado hacer aquella semana y que solo te dio tiempo a planear. A empaquetar. Otras veces se me ocurre que no me gustaría que volvieses. Me acuerdo de los gatos a los que dábamos de comer en la ventana. Para ellos te fuiste mucho antes. En vez de culpar al servicio de urgencias del hospital y a toda aquella cola de gente con un estúpido dolor de cabeza, seguramente ellos maldigan a mi infancia. A la de mis hermanos. Y al día en que ésta desapareció y ya no hubo necesidad de darles de comer, aunque ellos siguiesen hambrientos. Como tu corazón. Se paró y hasta entonces tuvimos noticias. Una cada seis horas. Pero el día que te fuiste los médicos decidieron que ya no había necesidad de darnos información. Aunque yo siguiese hambrienta de explicaciones.
Acordándome de esto es cuando se me ocurre que no me gustaría que volvieses. Que no me gustaría tener siete vidas como los gatos. No soportaría perderte otra vez. Ni siquiera soporto recordar la noche en la que te convertiste en el final triste de la bella durmiente. Mi pregunta al abrir la puerta de casa. La respuesta del abuelo. Tu voz saliendo del cuarto de baño. Luego de la habitación. Las sábanas rosas. Las malditas sábanas rosas. Las llamadas de teléfono. La centralita de servitaxi y los mil números que marcar. La espera del taxi. Mi mano en tu tripa. La llegada a Urgencias. Los cuestionarios. Las sillas rojas de la sala de espera. La torpeza del abuelo. Las llamadas. La espera. Los paseos por la sala de espera. Mi tono impaciente con el médico. Tus tímidos gritos de dolor. Tú tan presumida como siempre. Tu bronca y tus collares antes de hacerte la radiografía. Las pruebas. El sueño. La espera. La espera. Tú entrando sola con el médico. El tiempo. Las llamadas. El diagnóstico entonces esperanzador y ahora equivocado. Tú tumbada en una camilla con tu vestido rojo, a lo lejos, inconsciente... y yo deseando volver a probar tu tortilla de patata lo antes posible.


Canción de la semana: Summer of 69 (Bryan Adams)
“And now the times are changing, look at everything that’s come and gone, sometimes when I play that old six string think about you, wonder what went wrong...”
 
viernes, julio 03, 2009, rallada de belga_seg a las 7/03/2009 03:30:00 a. m.
Es una vez, un momento, un instante, un ahora, un alguien con dos manos, diez dedos, un corazón y una cabeza que a estas horas de la noche está pensando en ti y escribiendo para ti. Tiene palabras y espacios, letras que junta despacio y escoge milimétricamente, para que comiences a vivir, al ritmo del latido que tenías cuando tu corazón bombeaba sangre eléctrica. Cuando vivías de verdad. No quiere verte así; paseando despacio, indiferente, con la mirada vacía sobre las baldosas llenas de gris que ha plantado a golpes la vida sobre una tierra que antes pisabas como se salta sobre los charcos cuando se es niño: con una dosis extra de gravedad que hace que un 9,8 sea insuficiente. Y ¿quién ha tenido la indecencia de robarte el sobresaliente?
Ese alguien cree recordar otro de tus secretos, y no piensa dejar que las ruedas de la ambulancia que aparca junto a tu cama mientras otro cuento intenta que sueñes bonito, se pinchen durante el día. No piensa permitir que se acabe el oxígeno que lleva dentro, ni consentirá que las luces de emergencia de fuera permanezcan apagadas; ni siquiera cuando tú las quieras fundir. No dejará que la camilla desaparezca y que solo exista suelo sobre el que caer cuando la rutina pese demasiado y te tumbe. Ese alguien no piensa permitir que la ambulancia no pueda correr esquivando el tráfico en mitad de un atasco de incomprensión. Y tampoco cederá ante la tentación de dejarla tirada, en medio de cualquier carretera desértica, cuando se cale y sea incapaz de hacer ruido al intentar arrancar. Al intentar pronunciar una palabra que nunca parece llegar: ayuda.
"Jugó contigo”, le dijeron una vez... y no se acordó. Entonces reflexionó y pensó que los recuerdos solo siguen ahí si son revividos de vez en cuando. Buscó entre sus zapatillas y encontró unas con la suela tan lisa, que resbalar y caer en el pasado resultaba inevitable. Y lo hizo; una y otra vez, pero no encontró nada de lo que le habían contado, aunque creyó sospechar algo. Entonces reflexionó por segunda vez y determinó que si atrás no quedaba nada, la solución estaba en crear pasado sobre el propio presente. Se compró unas zapatillas a juego con su nueva equipación, azules como el color que faltaba en su vida; ni por un instante podría imaginar que en aquel momento existiese un matiz tan frío en sus matrices. Y se dispuso a trazar recuerdos futuros con los pies.
Pasarían los años; hasta tres. Y desde un principio decidió alternar la satisfacción de marcar goles con el placer de ver jugar a quien nunca se rinde, a quien no da un balón por perdido, a quien disfruta sobre una cancha como lo haría una termita sobre el parqué de un salón. Se maravilló viendo cómo lo había convertido en el suyo; en el de su casa, aunque intuía que en la suya de verdad nunca lo llegarían a entender del todo. Se maravilló viendo cómo no había lugar en el mundo en el que desprendiese mayor comodidad. Durante todo aquel tiempo hasta hoy llegó a comprender que los puntos de vida siempre se ganan con una victoria y que, en muchísimas ocasiones, incluso se pueden lograr con una derrota. Desde la grada aplaudió sin descanso la labor de aquellas piernas incansables; dispuestas a caminar siempre un centímetro más. Por muy duro que se presumiese el terreno. Deseó tener unas iguales: igual de fuertes, igual de potentes, igual de imparables en la carrera.


Muchas veces le sugirieron, “Id en un coche”... y se dio cuenta de que yendo en cualquiera de los dos terminaría subiendo en el mismo. Distinto color y mismo modelo: blanco y negro. Pronto advirtió que aquella diferencia dentro de la igualdad se repetiría con el paso del tiempo y de las historias, de los gustos y los disgustos, del carácter y los caracteres, hasta, como mínimo, aquellas 205 veces que marcaba la puerta del maletero. Hasta llegar a completarse en cada aspecto. Finalmente fueron en el mismo coche, aunque ya no recuerda muy bien en cuál. Vieron aviones y autos de scalextric en miniatura volar sin motor, por aire y por tierra y, abandonando el mando automático con el que le manejaba la vida, se bajó del mundo y decidió que seguiría a su lado hasta por mar; navegando en un barquito de cáscara de nuez adornado con velas de papel si hiciera falta. Se dio cuenta de que su sonrisa era el único motor que le hacía falta. Aquella sonrisa era pura vida. Vida y nada más.
Fue entonces, días o quizás algún mes más tarde, cuando fueron apareciendo un montón de personas que se pusieron de acuerdo para decir “llegarás lejos”. Y supo que aquella frase no era para ella; aunque la hubiesen pronunciado personas del mismo círculo que encerraba a dos simples aprendices. Aquella frase no era para ella y pronto tuvo la oportunidad de comprobarlo. Pensó que todos aquellos señores y todas aquellas señoras tenían razón. Y se pasó horas y horas, con una frecuencia de 103.3 veces por segundo cuando la ubicación se lo permitía, escuchando una voz atravesar con finura las rendijas de las telas que protegen los altavoces de la contaminación acústica a la que a veces se ven sometidos desde dentro; desde el ruido que emiten. Lejos de aquello, la suya conseguía emocionar, enviar sentimientos directos a los sentidos, explicar la diferencia entre el oír y el escuchar, el ruido y el sonido.
Pero de repente, un día alguien decidió apagarla sin justificación alguna. Saltaron los plomos de las cuerdas vocales de los micrófonos y nadie se atrevió a presentar como prueba una factura no pagada a tiempo. Ni siquiera una no pagada. Nada. Ni un solo incumplimiento de las tareas. Se cortó la comunicación y entonces recordó todo lo lejos que le había visto llegar.
Se acordó de aquel día en el que celebrando la llegada de los dos patitos, el dueño del restaurante se negó a cobrar lo pactado según el menú. Recordó cómo la única explicación que dio para renunciar a la plata fue que días antes había mantenido una conversación de oro junto a su acompañante; una de esas en las que el paréntesis en la boca, a pesar de la falta de la imagen del medio, se dibuja mucho más sincero que cualquiera de las sonrisas profident que cada día se pueden ver en los platós de televisión. Mientras disfrutaba del postre, sabía que tenía ante sí a un auténtico volcán. También se acordó de aquellas tardías siete y media de una tarde de mediados de mayo en la que comprendió, de verdad y en primera persona, por qué aquel día, meses atrás, les habían invitado en su propio cumpleaños. Recordó cómo le fascinó su manera de trabajar. Recordó la envidia que sintió al ver su manera de atravesar la frontera entre lo inapetente y lo apetitoso con el simple hecho de cruzar una puerta y ponerse unos cascos, dar la señal de comienzo, y empezar a hablar con una sensibilidad y una pasión, una mezcla entre fragilidad y deseo, que hasta entonces solo había encontrado en los dibujantes con tizas del capítulo 64. Se acordó de muchísimos momentos más que habían demostrado que su recorrido en menos de tres años era muchísimo mayor que el de tanta y tanta gente que se pasa la vida dando vueltas al mismo círculo, sin mirar hacia delante, sin perseguir una meta que siempre está al alcance, pero a la vez siempre en el horizonte.
No pasaron ni tres días y escuchó, en el silencio, llorar a alguien que le hizo llorar a ella también. Y no, por una vez, en su caso, no tenía nada que ver con los opuestos puntos de vista sobre los modos en que se baila el agua. En el caso de quien derramó las primeras lágrimas estaba relacionado con la cárcel, con la forma de mantener presa a la libertad. Y aún entonces, encontró una circunstancia que admirar en aquella persona: la fuerza de voluntad con la que hasta hoy ejerce una oposición sin tregua contra sus propios sueños. Pensó que era imposible que no se hubiera dado cuenta de lo musculoso que tenía el corazón y también el alma, y se propuso hacerle ver que con esos dos jugadores en forma, era imposible no meterle un gol a la vida, devolviéndole así tres letras por cada golpe propinado.
Y entonces apareciste tú. Tú en el pasado. Y recordó una frase de noche (esto último, aunque pueda parecer una tontería, es muy importante, porque siempre había creído que las mayores verdades se escriben de noche). Cuando decidiste que sacaba lo mejor de ti; algo que nunca antes le habían dicho. Y sonrió. Le gustó recordarlo. Y se propuso seguir en quirófano; extirpando de tu chistera cada una de tus carcajadas, cada una de tus historietas, cada una de tus pizpiretas respuestas, cada una de tus encantadoras maneras de convertir a quien te tiene delante en el mejor cirujano de sonrisas.
Y fueron pasando los días y ese alguien tiene puesto desde entonces un traje verde. Sujeta el bisturí entre los dedos, listo para sacar todo lo mejor y nada más que lo mejor, y mantiene a una distancia cercana las tijeras, preparadas para cortar de raíz con cualquier asunto que pueda molestarte. Y esta vez, en este momento, en este instante, en este ahora, con estas dos manos, diez dedos, un corazón y una cabeza que está pensando en ti y escribiendo para ti, se encuentra dentro de la ambulancia. Para eso ha escrito este cuento; para que lo sepas. Para que al despertar nada pueda hacerte daño, y para que en caso de que esto ocurra, tengas una unidad móvil de cuidados intensivos solo para ti. Y aguarda desde que despiertas, sin verte, sin tocarte, pero haciendo todo lo posible por sentirte, y solo dejará de estar de guardia cuando tenga la total certeza de que te has recuperado, de que de verdad has vuelto a vivir como solías... bonito.


Canción de la semana: “I want you back” (Jackson Five)

“Oh baby give me one more chance to show you that I love you; won’t you please send me back in your heart.... nanana I want you back, nanana I wantt you back...”

 
viernes, junio 26, 2009, rallada de belga_seg a las 6/26/2009 01:01:00 a. m.

Sé que te encantan los refranes y las frases hechas. Soy consciente de la facilidad que tienes para encontrar la palabra oportuna en el momento inesperado. Al contrario, cada día dudo más de que seas capaz de hacerlo en el instante preciso. Pero da igual, esa es otra historia. Te diré una cosa. Te pediré un favor: no se te ocurra volver a darme recuerdos de tu parte a través de otras personas. No me des recuerdos tuyos, que bastante tengo yo con recordarlos.
A ti te dará igual, pero... ¿te has parado a pensar en que los recuerdos no son uniformes? ¿en que no puedes ir dando recuerdos por ahí cuando ni siquiera sabes si quien los reciba lo va a hacer en forma de abrazo después de un gol, de admiración desde una grada, de risa tras cualquier golpe de ingenio o... de frases de esas que un día escribiste o pronunciaste y un tiempo después pareciste olvidar? Pues esos, los últimos, son algunos de los recuerdos que yo recibo si me los dan de tu parte. Y te lo vuelvo a repetir: bastante tengo con recordarlos.
Bastante tengo con mirar la imagen en blanco y negro y recordar que fuiste tú quien se empeñó en que ese día, con un calor agotador de agosto que a ti te había abrazado y a mí no me había ni rozado, nos teníamos que hacer la foto para la que hasta entonces no nos habíamos parado a posar. Bastante tengo con echar un vistazo a la estantería y cabalgar con la mente por el lomo de algunos libros, y especialmente de ese de tapas negras que tantos paisajes me dejó admirar. Bastante supone acordarme de cuando pasabas por delante de una tienda y eras tú quien se acordaba de mí. Y al día siguiente aparecías con un regalo al que abrazo cuando veo cada película a solas en mi habitación. Me pregunto cuándo dejaría de valer lo que valía; es lo único que no recuerdo. ¿Ves? No sé si te das cuenta, pero bastante tengo con tener una memoria que recuerda cada palabra tuya como si la hubiese pronunciado yo. Cada maldita letra. Cada frase que recibí como la noticia más exclusiva. Mía y solo mía. Con la precisión de la hemeroteca de un periódico.
Por eso te pido que hagas el favor de no darme recuerdos. No me obligues a acordarme de que hubo un tiempo en el que yo te enviaba un mensaje y recibía respuesta. No me obligues a acordarme de cuando eras tú quien preguntaba cuándo íbamos a vernos. No vuelvas a darme pasado que bastante lo tengo presente. Prefiero las señales de vida.
Y si no... recuerdos para ti también.


Canción de la semana: 48 horas (Vega)
“48 horas de suicidio compartido, 48 horas de pensar qué hubiera sido, 48 horas de reconocerme en serio que podría, podría no esperar nada más, algo convencional que estamos para eso, qué más da si al final no pretendo optar a la chica de tus sueños...”